Competir internacionalmente: cuando el mundo de la natación se vuelve más grande

Hay un momento particular en la vida de muchos nadadores donde la natación deja de ser solamente la piscina de siempre.

Puede ocurrir al subir a un avión por primera vez para competir. Puede suceder al escuchar idiomas distintos alrededor del calentamiento o al observar delegaciones completas ocupando las graderías. De pronto, ese deporte que durante años estuvo asociado a un club, una ciudad o un país comienza a revelar una dimensión mucho más amplia.

Y es precisamente allí donde aparecen emociones que muchas veces sorprenden incluso a quienes han competido durante años.

La ansiedad se mezcla con el entusiasmo. La curiosidad convive con la incertidumbre. El deseo de hacerlo bien comparte espacio con la sensación de estar ingresando a un territorio desconocido.

Nada de eso significa que exista un problema.

De hecho, probablemente significa exactamente lo contrario.

Significa que el nadador está creciendo.

Con frecuencia, uno de los errores más habituales consiste en interpretar estas sensaciones como señales de falta de preparación. El nadador comienza a preguntarse por qué está tan nervioso o por qué siente algo distinto a lo que experimenta en competencias habituales. Sin darse cuenta, termina luchando contra una experiencia completamente natural.

Una competencia internacional posee exigencias diferentes porque representa algo diferente.

El cerebro comprende que se encuentra frente a una situación nueva y responde aumentando su nivel de alerta. Lo mismo ocurre cuando entramos por primera vez a un lugar desconocido o cuando nos enfrentamos a un desafío importante. Existe una parte de nosotros que presta más atención a todo lo que ocurre alrededor porque entiende que estamos atravesando una experiencia significativa.

Por esa razón, muchas veces la tarea psicológica no consiste en eliminar los nervios, sino en convivir con ellos de una manera inteligente.

La respiración suele transformarse entonces en una compañera silenciosa. Mientras todo alrededor parece moverse rápidamente, la atención puede regresar por algunos segundos al aire que entra y sale del cuerpo. No para alcanzar un estado perfecto de calma ni para borrar completamente la activación, sino para recordar que todavía existe un punto de estabilidad dentro de uno mismo.

Algo similar ocurre con la concentración.

Cuando el entorno se vuelve más grande, la mente también tiende a expandirse en todas direcciones. Aparecen los rivales, las marcas de inscripción, los resultados de otras series, los comentarios del público y cientos de pequeños estímulos que compiten por nuestra atención. Sin embargo, la carrera continúa ocurriendo en el mismo lugar de siempre: dentro del propio carril.

El agua sigue siendo agua.

La pared sigue estando al final de la piscina.

La prueba sigue exigiendo exactamente aquello que el nadador ha entrenado durante meses.

Volver una y otra vez a esa simplicidad suele ser una de las habilidades más valiosas durante un campeonato internacional.

También existe algo profundamente liberador cuando el nadador acepta que está viviendo una experiencia nueva.

Muchas veces la presión aparece porque intentamos actuar como si ya domináramos un escenario que apenas estamos comenzando a conocer. Queremos reaccionar como veteranos en una situación que estamos descubriendo por primera vez. Queremos sentirnos cómodos en un contexto cuya principal característica es precisamente la novedad.

Pero la novedad no necesita ser combatida.

Puede ser observada.

Puede ser explorada.

Puede incluso ser disfrutada.

Desde ese lugar, la competencia deja de sentirse como un examen permanente y comienza a parecerse más a una experiencia de crecimiento.

Y quizás ahí se encuentra uno de los aprendizajes más importantes que entregan los campeonatos internacionales. Porque cuando los años pasan, los nadadores rara vez recuerdan solamente las marcas obtenidas. También recuerdan los aeropuertos, los hoteles, las conversaciones con compañeros de otros países, las piscinas desconocidas y la sensación de descubrir que el mundo era mucho más grande de lo que imaginaban.

Todo eso termina formando parte del proceso.

Todo eso también construye al nadador.

Al regresar a casa, el cronómetro mostrará un resultado determinado. Habrá cosas que funcionaron mejor y otras que requerirán más trabajo. Sin embargo, la verdadera ganancia suele ser mucho más difícil de medir. El nadador vuelve con una experiencia que ya forma parte de él. Vuelve con una comprensión más amplia del deporte, con nuevas referencias sobre su propio nivel y con la certeza de haber atravesado un escenario que alguna vez observó desde lejos.

Y aunque muchas cosas puedan cambiar entre una competencia y otra, existe algo que suele permanecer: la confianza que nace cuando descubrimos que somos capaces de movernos en territorios desconocidos y seguir encontrando nuestro lugar dentro del agua.

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